El día que la dictadura mató a Enrique Angelelli, el “obispo de los pobres”

El religioso de La Rioja sabía que su vida corría peligro cuando, el 4 de agosto de 1976, hoy hace 50 años, partió en su camioneta de Chamical para viajar hacia La Rioja. El general Luciano Benjamín Menéndez lo había amenazado de muerte. En un paraje solitario su auto fue interceptado y lo mataron a golpes cuando estaba inconsciente. Se informó oficialmente que había muerto en un accidente. Mucho sabían que eso no era cierto, pero no se animaron a hablar.

Una amenaza que se cumplió cobardemente

El 4 de agosto de 1976, poco después de mediodía, monseñor Enrique Angelelli salió rumbo a La Rioja desde Chamical en su vieja camioneta Fíat 1500. A su lado viajaba el padre Arturo Pinto, que lo había acompañado para celebrar una misa en memoria de los padres Gabriel Longeville y Carlos Murias, secuestrados, torturados y acribillados el 18 de julio en esa ciudad.

Angelelli sabía que el asesinato de los dos curas formaba parte de una ofensiva que lo tenía como objetivo final y que había incluido por esos días la detención de los sacerdotes Eduardo Ruiz, en Olta, y Gervasio Mecca, en Aimogasta, y la muerte del laico Wenceslao Pedernera, ametrallado en la puerta de su casa por un grupo de tareas que había ido a secuestrar a otro cura. A pesar de todo, el obispo seguía en La Rioja.

-Ahora es mi turno – le dijo por esos días a su sobrina María Elena.

Angelelli sabía de qué hablaba. Una semana antes se había entrevistado con el jefe del III Cuerpo del Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, para denunciar las violaciones de los derechos humanos que se estaban cometiendo en su diócesis y la persecución de que era objeto el obispado riojano.

-General, usted y yo somos católicos, tenemos que rezar un padrenuestro por los perseguidos – le dijo al militar al final del infructuoso encuentro.

-Yo no rezo el padrenuestro por los subversivos porque no los considero hijos de Dios – le contestó el militar, sin contemplaciones.

Y antes de despedirlo le advirtió:

-El que se tiene que cuidar es usted.

“Que parezca un accidente”

El mediodía de ese 4 de agosto, en el asiento trasero de la camioneta, Angelelli, acompañado por el sacerdote Arturo Pinto, llevaba una carpeta con la documentación y los testimonios que había reunido en los últimos días sobre Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, secuestrados y asesinados el 18 de julio de 1976 por el terrorismo de Estado en Chamical (en 2019 fueron beatificados como parte de los “Mártires riojanos”), y que señalaban a por lo menos uno de los responsables de sus muertes: el jefe de la Base Aérea de Chamical, comodoro Luis Estrella. El obispo pensaba entregar copias a la cúpula de la Iglesia Católica Argentina y al nuncio apostólico, Pío Laghi.

Al llegar a Punta de los Llanos, en la ruta desierta, un Peugeot 404 encerró a la camioneta del obispo, la hizo volcar y dar varios tumbos. Angelelli salió despedido y quedó inconsciente sobre el asfalto. El cura Pinto quedó, herido, dentro del vehículo. De acuerdo con pericias posteriores, al obispo lo remataron con varios golpes en la nuca; a Pinto, creyendo que no había visto nada, lo dejaron con vida.

El cadáver de monseñor Angelelli quedó más de seis horas tirado sobre la ruta, rodeado de policías que impedían que nadie se acercara. A Pinto lo trasladaron a un hospital. Cuando se recuperó, se alejó prudentemente de La Rioja y encontró refugio en el obispado de Neuquén, a cargo de monseñor Jaime de Nevares, uno de los pocos obispos que no silenció las violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura.

El destino de la documentación que Angelelli llevaba en la camioneta se conoció años después, por el testimonio del represor Peregrino Fernández ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU: “Uno o dos días después de ocurrido el suceso, los papeles que portaba el obispo Angelelli en el momento de su fallecimiento llegaron a la Casa de Gobierno dirigidos al ministro (del Interior, Albano) Harguindeguy, en una carpeta remitida desde la guarnición militar de Salta, con expresa indicación de que se trataba de documentación confidencial. Este hecho llamó la atención del declarante, ya que los citados papeles no fueron entregados a la causa judicial, como tampoco entregados a los allegados de monseñor Angelelli (…) La documentación fue entregada al general Harguindeguy (…) Quiere aclarar el dicente que prestó especial atención al hecho por la forma estrictamente ‘secreta’ que se dio a la existencia de esta carpeta. Añade que no tiene conocimiento del destino posterior de la misma, puesto que el general manejaba en forma personal todos los hechos referentes a la Iglesia”, declaró.

El 5 de agosto de 1976 los diarios argentinos titularon que monseñor Angelelli había muerto en un accidente automovilístico. Sin embargo, en La Rioja, eran muchos los que sabían que no había sido así, aunque no se atrevían a decirlo.

En la mira del poder

La escalada de la dictadura cívico militar contra el obispo Enrique Angelelli, que terminó con su asesinato en Punta de los Llanos, fue en realidad el capítulo final de una ofensiva que comenzó mucho antes, a poco de que se hiciera cargo del Obispado riojano, en 1968. La desigualdad social que reinaba en su diócesis y los abusos que cometían los terratenientes con los campesinos lo llevaron no sólo a predicar la opción por los pobres sino a trabajar activamente junto a ellos, ayudándolos a organizarse para resistir. Las dictaduras de Onganía, Levingston y Lanusse lo toleraron a duras penas, pero a partir de 1973 el gobierno provincial del peronista Carlos Menem lo hizo objeto de ataques despiadados, tanto desde la prensa adicta como por la vía de los hechos.

Para muestra basta un botón. El 18 de noviembre de 1973, el diario El Sol, de la capital provincial, publicó en portada una obscena operación de prensa contra Angelelli y, de paso, contra Alippio Paoletti, director del diario El Independiente, cuyas páginas se hacían eco de las denuncias del obispo. “Desbaratan plan marxista”, titulaba El Sol en su portada, y en la bajada, agregaba: “Angelelli muy comprometido”. Para redondear, en una suerte de copete o segunda bajada, El Sol abundaba: “Mediante infame maniobra se pretendía desprestigiar a sus más tenaces opositores. Alippio E. Paoletti, director del diario El Independiente, sería uno de los contactos”.

La nota, sin firma, afirmaba que un tal Carlos Adolfo del Prado Medina (a) “El Caminante”, detenido por la policía provincial, había decidido “declarar expontáneamente” (sic) su conocimiento de un plan que ejecutaría “una pareja de hippies” para implicar a “importantes funcionarios del gobierno de la provincia” en el tráfico de drogas. Estos funcionarios, según El Caminante, “caracterizados todos ellos por pertenecer a la línea ortodoxa del peronismo local y ser tenaces opositores al marxismo, identificados con la línea nacional”. Según el artículo, El Caminante había confesado ser parte del plan y que “había sido enviado por sacerdotes tercermundistas que actúan en la provincia de Santa Fe, juntamente con un grupo de personas marxistas”. Su misión era “ponerse en contacto con personas allegadas a los círculos adictos al obispo Angelelli (quien) estaba en conocimiento del plan y sería el principal organizador”.

Para El Sol, el plan también estaba “orquestado y dirigido por el tercermundismo nacional y local, apoyados por el director del diario El Independiente y algunos de sus más íntimos colaboradores, públicamente identificados con la línea pastoral del obispo Angelelli”. El artículo, plagado de contradicciones y verbos en condicional, no aportaba ninguna prueba ni testimonio de fuente identificada.

El final de la escalada

Las operaciones de prensa contra el obispo dieron paso muy pronto a los hechos. Sus misas solían ser interrumpidas por grupos de manifestantes, en algunos casos encabezados por Amado Menem, uno de los hermanos del gobernador, que llegaron incluso a atacar a Angelelli a piedrazos dentro de la Catedral. Por entonces, el obispo ya recibía constantes amenazas de muerte.

Después del golpe del 24 de marzo a Angelelli sólo le quedaron dos alternativas: alejarse de La Rioja o morir. La amenaza de Menéndez no podía ser más clara. El obispo eligió quedarse.

Fuentes: Infobae – Daniel Cecchini