El 29 de mayo de 1970, hace 56 años, el general Pedro Eugenio Aramburu, líder de la llamada Revolución Libertadora, era capturado por un grupo de jóvenes en su casa del centro porteño. Sería la irrupción en la vida pública del grupo guerrillero peronista Montoneros. Aramburu fue asesinado días más tarde. Su cadáver fue hallado el 16 de julio en el sótano de una casa de campo llamada “La Celma”, que pertenecía a una familia de apellido Ramus, ubicada en la localidad de Timote, a 379 kilómetros de la Capital.
Entre el 29 de mayo y el 16 de julio, un hasta ese momento también desconocido grupo guerrillero peronista que firmaba sus comunicados como “Montoneros”, se adjudicó primero el secuestro y luego el asesinato de Aramburu, después de haberlo sometido a “un juicio revolucionario”.
Así lo afirmaron los comunicados que los guerrilleros hicieron llegar a la prensa esos días. También lo reafirmó cuatro años después el relato del episodio que Mario Firmenich, jefe montonero, y Norma Arrostito, una de las líderes de la banda, hicieron a “La Causa Peronista”, un órgano de prensa ligado a Montoneros que dirigía Ricardo Grassi. Grassi entrevistó a ambos y la revista publicó el reportaje con el título “Cómo murió Aramburu” el 3 de setiembre de 1974, apenas dos meses después de la muerte de Perón, que en mayo de ese año había roto con Montoneros.
El asesinato de Aramburu no sólo dividió a un país que ya lo estaba, sino que además instauró la muerte como moneda de cambio, como valor moral en la negociación política, como medio para alcanzar un fin. También marcó la presentación en sociedad de “Montoneros”, el grupo al que luego se iba a sumar el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, en el despertar de la violencia política. Según de qué lado de la grieta se situara cada uno, la muerte de Aramburu despertó horror o algarabía. Eso también era nuevo en la Argentina: la muerte de otro podía ser motivo de celebración y humillación: “Con los huesos de Aramburu / haremos una escalera / para que baje del Cielo / nuestra Evita Montonera”. Eso se cantó en las calles en aquellos años.
Noticias del secuestro
Si el secuestro se conoce en la misma mañana del 29 de mayo, es porque dos de los amigos incondicionales de Aramburu, el general Bernardino Labayru y el capitán de Navío Aldo Luis Molinari, alertados ambos por Sara Herrera (esposa del general Aramburu), lo comunican a los medios: sospechan que el gobierno está detrás del episodio. En gobierno reaccionan con fatal torpeza, si es que no había nada que ocultar: sospechan que la ausencia de Aramburu es una estratagema, un “autosecuestro” destinado a perjudicar al gobierno y a consagrarlo como su lógico sucesor, demoran de manera inexplicable los operativos tendientes a dar con los secuestradores, a quienes regalan un tiempo precioso e impiden la difusión masiva del secuestro, supuesto secuestro para las autoridades, bajo la excusa que podría desatar una protesta mayor a la que marcha y movilización que era celebrada en Córdoba en recuerdo del Cordobazo. De hecho, al día siguiente un funcionario del ministerio del Interior dirá que Aramburu está por aterrizar, o ya lo ha hecho, en Montevideo.
Si Aramburu era una figura hostil para Onganía y para el sector del Ejército que sostenía al entonces presidente con menos firmeza cada vez, para el peronismo era una figura odiada. No sólo había sido la cabeza visible del derrocamiento de Perón, junto al almirante Isaac Rojas, sino que era responsable del fusilamiento de veintisiete civiles y militares en junio de 1956, ante una intentona contrarrevolucionaria. Entre los fusilados figuraba el jefe del levantamiento, general Juan José Valle. Aquel fue otro gran drama argentino en el que generales eran fusilados por otros generales.
Aramburu también era acusado por el peronismo de haber secuestrado el cadáver de Eva Perón y de haber ordenado su entierro en un sitio desconocido. No era del todo verdad. Aramburu sí se preocupó, y lo hizo con el consentimiento firmado por la madre de Eva Perón, por dar sepultura a un cadáver ultrajado por los delirios de un coronel y pasible de ser arrojado al río o al océano según las sugerencias de algunos oficiales de la Armada. Si conocía el destino del cuerpo de Eva Perón, es un misterio. Durante el simulacro de juicio popular que dicen haberle hecho en Timote, sus captores lo interrogaron sobre el destino de ese cadáver y Aramburu dijo que estaba sepulto en un cementerio de Roma. O mintió, o no sabía la verdad: el cadáver de Eva Perón, estaba enterrado bajo nombre falso en el Cementerio Maggiore de Milán.
Ese “juicio popular” fue grabado por Montoneros. Las cintas desaparecieron; al decir de los guerrilleros, fueron destruidas porque no hallaron lugar seguro para resguardarlas. Que un grupo de ocho personas secuestren a un teniente general de su domicilio, atraviesen el centro de la ciudad y hagan un traspaso de auto detrás de la facultad de Derecho, recorran casi cuatrocientos kilómetros de la provincia de Buenos Aires con el secuestrado en sus manos, lo alojen en el sótano de una estancia, lo sometan a “juicio revolucionario”, lo asesinen, sepulten su cuerpo en ese sótano estrecho y luego deban destruir un par de cintas de grabador Geloso porque no tienen donde esconderlas, suena a disparate logístico.
No es el único sitio por donde el relato guerrillero hace agua. El testimonio publicado en 1974 por “La Causa Peronista”, es de Firmenich. Atribuyen también su autoría a Norma Arrostito en un reportaje en conjunto hecho por el periodista Grassi. Sin embargo, Arrostito negó sus dichos. Lo hizo en circunstancias muy especiales. Había sido secuestrada por el grupo de tareas 3.3.2 de la Armada y estaba en cautiverio en el infierno de la ESMA. La mentira oficial la había dado por muerta en diciembre de 1977 en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad. Estuvo cautiva casi dos años y fue asesinada con una inyección letal por orden del jefe de aquel infierno, Jorge “Tigre” Acosta. Antes, el capitán de navío Molinari, que había sido jefe de la Federal durante la Libertadora y cabeza de las temidas “comisiones investigadoras” al peronismo, llegó hasta aquellas mazmorras para interrogarla. Quiso saber su versión sobre el relato montonero. Y Arrostito dijo, o Molinari relata que Arrostito dijo: “A mí me hacen aparecer narrando cosas que yo no dije. Eso se manejó desde otro nivel (…) No sé nada de lo que pasó en Timote porque acompañé a Firmenich hasta la Facultad de Derecho el día del secuestro. Conocía que Timote estaba incluido en los planes, pero no puedo agregar detalles. En eso andaba Pepe (por Firmenich)”.
La versión de Montoneros sobre el asesinato de Aramburu incluso le fue extraña al propio Perón. En el relato de “La Causa Peronista”, Firmenich narra que Aramburu, con un trapo en la boca, le responde “Proceda” a Abal Medina que le anuncia que va a ejecutarlo. “Qué bien hablaba Aramburu amordazado”, cuenta la leyenda que dijo Perón. La versión del asesinato que dio “Montoneros” afirma que “le pusimos un pañuelo en la boca”, aunque los testigos que en Timote vieron el cadáver hablaron de una “mordaza”. Los guerrilleros, que han contado y recontado la historia a gusto y conveniencia, ubicaron primero en la escena del crimen a tres miembros de la banda: Ramus, dueño de casa, quien lejos del sótano entretenía al casero Acébal, Firmenich a quien Abal Medina envió a una misión subalterna: “A mí me mandó arriba a golpear sobre una morsa con una llave para disimular el ruido de los disparos”, y el propio Abal Medina, que ejecutó a Aramburu.
En su libro “El Descamisado. Periodismo sin aliento”, Ricardo Grassi duda de la versión que ubica en La Celma a sólo tres montoneros: Abal Medina, Firmenich y Ramus, y a Aramburu solo, frente a frente a su matador, en el instante final de su vida. El relato de Firmenich es bien vago e impreciso en algo tan trascendente como prometía el título del artículo en “El descamisado” que era: “Cómo murió Aramburu”. Relata Firmenich: “Fernando disparó la pistola 9 milímetros al pecho. Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma y con una 45. (…)” Pero el relato no aclaró en 1974 quién disparó los tiros de gracia, si el mismo Abal Medina, que entonces tenía dos armas, o hubo alguna otra persona en aquel estrecho sótano del que ya no quedan ni rastros en Timote.
Lo cierto es que el desenlace llegó la madrugada del 2 de junio, cuando Aramburu fue ejecutado mediante un disparo de pistola nueve milímetros en el pecho y dos tiros de gracia. Pasaría mucho tiempo antes de que algunos de los integrantes del comando que lo secuestró contaran paso a paso la operación que habían llegado a cabo y cómo había sido el final del militar.
El relato de la ejecución
El general Juan Carlos Aramburu estuvo secuestrado tres días en un dormitorio del casco de La Celma. Durante ese tiempo fue sometido a dos “juicios revolucionarios”: por los fusilamientos de junio de 1956 y la desaparición del cadáver de Eva Perón. La madrugada del 2 de junio, Fernando Abal Medina le comunicó que había sido “sentenciado a la pena de muerte”. Firmenich reconstruye así los últimos momentos de Aramburu antes de su muerte:
“Ensayó conmovernos. Habló de la sangre que nosotros, muchachos jóvenes, íbamos a derramar. Cuando pasó la media hora lo desamarramos, lo sentamos en la cama y le atamos las manos a la espalda. Pidió que le atáramos los cordones de los zapatos. Lo hicimos. Preguntó si se podía afeitar. Le dijimos que no había utensilios. Lo llevamos por el pasillo interno de la casa en dirección al sótano. Pidió un confesor. Le dijimos que no podíamos traer un confesor porque las rutas estaban controladas.
‘Si no pueden traer un confesor -dijo-, ¿cómo van a sacar mi cadáver?’. Avanzó dos o tres pasos más. ‘¿Qué va a pasar con mi familia?’, preguntó. Se le dijo que no había nada contra ella, que se le entregarían sus pertenencias.
El sótano era tan viejo como la casa, tenía setenta años. Lo habíamos usado la primera vez en febrero del 69, para enterrar los fusiles expropiados en el Tiro Federal de Córdoba. La escalera se bamboleaba. Tuve que adelantarme para ayudar su descenso.
‘Ah, me van a matar en el sótano’, dijo. Bajamos. Le pusimos un pañuelo en la boca y lo colocamos contra la pared. El sótano era muy chico y la ejecución debía ser a pistola.
Fernando tomó sobre sí la tarea de ejecutarlo. Para él, el jefe debía asumir siempre la mayor responsabilidad. A mí me mandó arriba a golpear sobre una morsa con una llave, para disimular el ruido de los disparos.
‘General -dijo Fernando-, vamos a proceder’. ‘Proceda’, dijo Aramburu.
Fernando disparó la pistola nueve milímetros al pecho, Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma y uno con una 45. Fernando lo tapó con una manta. Nadie se animó a destaparlo mientras cavábamos el pozo en que íbamos a enterrarlo”.
Hasta aquí el relato de Firmenich. El cuerpo de Aramburu, enterrado en La Celma, fue recuperado a mediados de julio de ese mismo año. Una patrulla policial llegó al lugar siguiendo una pista que señalaba que allí podían estar refugiados algunos miembros de Montoneros, pero lo único que encontraron fue el cadáver.
El secuestro y la ejecución de Aramburu tuvieron un efecto propagandístico sin precedentes e hicieron conocer a Montoneros en todo el país. La dictadura, desconcertada, implantó la pena de muerte para los responsables de secuestros seguidos de homicidio o lesiones gravísimas, ataques a unidades militares y el uso de uniformes para cometerlos. Un demudado Onganía habló por cadena nacional y calificó el hecho como “una torpe maniobra del extremismo ideológico que, en escala continental, golpea todas las fronteras de América y del mundo”. La muerte de Aramburu significó también el final de sus días como dictador: el 8 de junio fue depuesto por la junta de comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.

Un dato más
El periodista Alberto Amato, en nota publicada por Infobae el 29 de mayo de 2024, dijo: “Mi colega Ricardo Carpena entrevistó entonces al hijo del general para el diario La Nación (…). Eugenio Aramburu hijo expresó entonces un firme convencimiento y una inquietante posibilidad: “Mi padre murió en la forma que describieron sus asesinos. Sin que ello signifique descartar la colaboración de un sector del gobierno de Onganía”.
Fuentes: con datos publicados por Infobae, aportados por Daniel Cecchini y por Alberto Amato en distintas notas sobre el tema.
