Hablar de payadores equivale a hacerlo de artistas de la vida, de personas con la incomprensible capacidad de crear de manera repentina una obra acompañada por su guitarra. Siempre contando lo vivido, lo visto, lo escuchado, lo aprendido. Muchas veces trasladando noticias. En ocasiones haciéndolo junto a otro payador en sesiones que, muchas veces, resultan increíbles. No cualquiera puede hacerlo. Para ser payador hay que sumar cultura y además, conocimientos.
“La sombra doliente sobre la pampa argentina” -así lo describió Rafael Obligado en un poema memorable- el payador, personaje emblemático, alcanzó condición de mito. Desde siempre en nuestra patria el payador tuvo presencia en la memoria colectiva y popular. El payador era y es un ser libertario, que con voz y guitarra contaba y cuenta sucesos y hechos de personas con improvisada habilidad. Se lo ha mentado en páginas inolvidables, en relatos de viajeros, en el acervo del arte tradicionalista. El payador es un caminante. Con el tiempo se hizo urbano, pero no deja de andar.
En Entre Ríos hubieron y hay grandes payadores y payadoras. Ruperta Fernández fue una de esas artistas de la poesía repentista. Vivió en el distrito Yeso, departamento La Paz, sobre las costas del arroyo Feliciano. Optimista y servicial, lo mismo concurría a un baile que asistía a un enfermo, porque además de payadora era curandera.
Se afirma que Ruperta iba a las fiestas con su guitarra siempre adornada con cintas en que figuraban los colores de todas las banderas americanas. No es éste un hecho menor, ya que está demostrando que las raíces de la entrerrianía estuvieron siempre unidas a la unidad americana y abiertas a horizontes universales.
Don Roque Casals, investigador, músico y gran trabajador cultural, indicó a quien esto escribe que Ruperta tocaba la guitarra con la zurda, y era partera, curandera, muy servicial para la comunidad rural de Yeso Oeste, Departamento La Paz. Una mujer muy querida por todos.
Se dice también que nunca se le conoció un amorío a esta payadora y que en su canto manifestaba esto, sin mencionarlo directamente, pero era indudable no notar un dejo de tristeza en su improvisado canto. Es que al parecer, alguna vez hubo un sueño no concretado, y pese a que no le faltaban asedios sentimentales, siguió siempre fiel a aquél recuerdo.
Ruperta Fernández fue asimismo musa de payadores. Su nombre sonaba en las guitarras de unos cuantos y era flor de promesa en el alma de cantores. Uno de éstos, mientras cruzaba el Feliciano con su caballo y su guitarra al hombro, dejó esta despedida:
“Adiós costa ‘e Feliciano,
la tierra de mi querer;
adiós Ruperta Fernández,
¡cuándo te volveré a ver!”.
