Más ceros en el ingreso y más billetes de 1.000 pesos, pero menos poder de compra

La pérdida del valor del peso y la caída del empleo privado formal encogen la histórica columna socioeconómica del país y engrosan las filas de pobres e indigentes. Cifras y símbolos del fenómeno.

La última actualización de la Dirección de estadísticas y Censos de la CABA sobre el ingreso necesario para que una familia tipo califique como “clase media-media”, 103.000 pesos al mes y tener vivienda propia, debe haber shockeado a muchos integrantes de la población que se autopercibe en esa condición.

Después de haberle quitado 13 ceros a la moneda en los últimos 52 años, la Argentina se encuentra otra vez en una situación en que su unidad monetaria equivale a poco más de medio centavo de dólar, su billete de mayor circulación (el de $100) vale poco más de 50 centavos y el de máxima denominación (el infante billete de $1.000, con menos de 4 años en la calle) permite comprar menos de 6 dólares al cambio libre. De resultas, un ingreso mensual de 6 dígitos ya no garantiza salir de la pobreza o pertenecer a la clase media.

Hace 3 meses, Infobae reveló que la cantidad de billetes en circulación, pegados a lo largo, podían dar 6 vueltas a la Tierra. Desde entonces, ese volumen menguó, pues se imprimen casi exclusivamente los de 1.000 pesos, por aceleración de una tendencia previa. Entre diciembre de 2019 y el 30 de junio último el número de billetes de esa denominación en circulación pasó de 312 millones a 1.052 millones (aumentó 237%), bien por encima del ritmo de emisión de los de 500 pesos (46%), y más aún de los de 200 pesos (34,4%) y de 100 pesos (10%). En tanto, se paralizó el resto de las demás denominaciones, excepto la de 20, tal vez por las funciones de “cambio chico” de un papel que a principios de 2018 valía más que un dólar.

Vil papel

El envilecimiento de la moneda va a la par del empobrecimiento de la clase media. Históricamente, la percepción de pertenencia a la clase media duplica la condición real de familias y personas, si esta se mide por nivel de ingreso, coinciden un politólogo como Julio Burdman, profesor de la UBA y director de la consultora Observatorio Electoral, y Guillermo Oliveto, CEO de la consultora W, auscultador sistemático del consumo en la sociedad argentina.

El reciente informe de la oficina de estadísticas porteña presenta una estratificación algo más compleja que la histórica división clases alta-media-baja e identifica, por niveles de ingreso, 6 situaciones, a partir de las familias indigentes; aquellas que, para un “hogar-tipo” de 4 personas, perciben menos de 35.340 pesos al mes, valor en julio de la “Canasta Básica Alimentaria” (CBA).

Siguen luego los “pobres no indigentes”: cuyo ingreso familiar supera el valor de la CBA, pero no llega al de la “Canas Básica Total” (CBT), de 66.545 pesos por mes. Un peldaño arriba están los “no pobres vulnerables”, de ingreso familiar, superior a la CBT, pero inferior al conjunto de “canastas de consumo” o “Canasta Total” (CT), de 82.212 pesos.

Luego aparece el “sector medio frágil”: gana entre 100 por ciento y 125 por ciento el valor de la Canasta Total (entre $82.212 y $102.764 al mes, siempre para una “familia-tipo” de 4 personas) y está muy expuesto al zarandeo de la economía. Recién entonces se llega a la clase media-media o consolidada, rango amplio que va desde casi 103.000 pesos a casi 328.847 pesos, por sobre el cual se ubican las “clases acomodadas”.

En semejante contexto, la clase media, históricamente orgullo y columna socioeconómica de la Argentina, encoge al ritmo que se ensancha no solo la pobreza, sino también la “intensidad” de la misma, como los sociólogos llaman a la brecha entre el ingreso promedio de un pobre o familia pobre y el umbral para dejar de serlo, que la última Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec precisó en nada menos que 42% para el segundo semestre 2020. Tal la magnitud del aumento de ingresos que necesita un pobre promedio para dejar de serlo.

“Ahora el drama es poder pagar los gastos”, dijo Burdman, que acuñó el término “cincuentaluquistas” para referirse al salario de quien trabaja en un call center o en la caja de un supermercado y queda en la exacta frontera entre pobre y clase media, si no tiene que pagar alquiler, uno de los costos que más aumentó en el último año. “La idea de economía del hogar quedó desfasada; en CABA hay mucho hogar habitado por una sola persona”, explicó Burdman a Infobae. Más asombroso aún, dijo, es que los 150.000 pesos que la Asociación Argentina de Marketing marca como umbral del C1, segmento otrora apetecido por marcas y publicidades, con suerte alcanza para comprar una notebook de gama media, indicó Infobae.